domingo 7 de marzo de 2010

De lo jamás soñado

ξωαŋ ThΦt "Going with the Wind II" con licencia CC


Hace un par de horas acabé la relectura de un precioso libro de André Comte-Sponville, “El amor la soledad”, apenas 123 páginas en las que se analizan el amor y la soledad (aparentemente tan distantes), como un todo único e inseparable.

Un libro que, sin duda, debería ser leído cada cierto tiempo, para recordar que esto no va de muescas en la culata, ni de álbumes completados; que la vida no es eterna y merece ser vivida en estado de conmoción y estremecimiento permanente, y que al final todo se desvela, se adquiere y se abandona, por y para el amor.

Pero, en ese obligado momento de reflexión que sigue a la buena lectura, me he planteado esta pregunta: ¿y si ese tándem emocional, y todo lo que conlleva, viniese de la mano de lo jamás soñado… de lo imprevisto… de aquello con lo que (ya) no contábamos?

Me ha dado que pensar... porque yo siempre he dudado de la bondad de las sorpresas, pero la vida, con frecuencia, te sorprende… ¿cómo reaccionar entonces?...

Y es que leer a Comte-Sponville es lo que tiene, que (afortunadamente) no te permite permanecer indiferente al latido vital que te rodea.

¡Feliz semana, socios!

sábado 6 de marzo de 2010

Silencio

FC (2010)


Hoy he pasado la mañana sola. Al principio la perspectiva no me gustó, pero después, ante el café recién hecho y una novela a medio leer, he decidido desconectar el timbre, descolgar el teléfono… y darme el pequeño placer de leer, sin más sonido exterior que los débiles gorjeos que surgían de vez en cuando del ordenador (curioso ¿no?, mientras que me aterrorizaba la idea de que una vez instalada en la butaca, con las gafas caladas, sonara el timbre y alguien me obligase a levantarme para contestar una encuesta -un suponer-, yo dejaba una ventana abierta, voluntariamente, a mis amigos cibernáuticos :-D).

El placer de la lectura me esperaba… y no ha tenido que esperar mucho.

La verdad es que el libro, “El mal de Portnoy” de Philip Roth me ha parecido una obra menor (con algún destello de genialidad y muchas dosis de ironía, eso sí), que no merecía tanto circunloquio, pero el silencio proporcionado por la soleada soledad matinal ha sido todo un placer.

(esto no es un post al uso, pero ahora, después de comer, ya rodeada de los cálidos ruidos familiares, he recordado el silencio lector y me ha apetecido dejar constancia del momento aquí… ¿por qué no?)

martes 2 de marzo de 2010

Mejor será que me lo tome con humor

Resulta que lo del milagroso arreglo del Mac fue un espejismo (pues sí, era raro que "resucitase" por su cuenta, pero una es de naturaleza optimisma y tiende a creer que los hados están de su parte). La realidad es que lo he tenido que llevar a la casa y me quieren cobrar 15 euros por el "diagnóstico" del problema, aunque haga 4 meses que lo compré y esté en garantía. Me he enfadado bastante y he tenido que recurrir a mis calmantes naturales: un rato de lectura y alguna canción de las que siempre me ponen de buen humor. Os dejo el vídeo de la elegida para sobrellevar el fracaso informático, ¡qué hay que ver cómo me gusta la película y la canción y toda la obra de Chaplin!.

(Por cierto, suerte que no me deshice del portátil viejecito que, aunque sin autonomía, me está sacando del apuro de quedarme sin mi flamante Mac... ¡ah, cuánto engañan las apariencias! :-D)

domingo 28 de febrero de 2010

En la oscuridad del mundo

E. Hooper (1942), "Los halcones de la noche". The Art Institute of Chicago.

No creo que fuese muy prudente por mi parte quedarme ayer leyendo hasta altas horas de la madrugada. El libro en cuestión, además, aparentaba una ligereza de la que carecía (a veces la ironía se confunde con la superficialidad… y no, Philip Roth nunca es superficial); el caso es que el tiempo se me pasó en un sin sentir, atrapada por la quietud silenciosa que reinaba en la casa y por los vapores del vino que tomé y que amplificó el vacío que me rodeaba (e intuyo ha favorecido unos bonitos sueños ;-D).

El caso es que hoy me he levantado contenta, pero amargamente consciente de que la semana no me había inspirado ningún tema para escribir este post. A punto de tirar la toalla (como tantas veces antes), he recordado el sosiego de la pasada noche y algunas de las palabras, ya olvidadas, que el silencio, como siempre, devolvió a mi memoria, y he pensado que bien podría hacer aquí una reflexión sobre esa sensación nocturna de que todo está permitido.

Y recuerdo Firelight, “lo que sucede durante la noche, por la mañana es como si no hubiese ocurrido”, o algo parecido, le decía un historiado Stephen Dillane, a una Sophie Morceau ya casi decidida a traspasar la barrera de lo socialmente considerado "decoroso" y, aunque reconozco que al bueno de Dillane le guiaba el irrefrenable deseo de un happy end romántico, no por ello carecía por completo de razón: la noche tiene una magia que nos arrastra hacia territorios emocionales que la luz oculta.

En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión”, proclamaba Kawabata… es decir, en la noche… en esta… aquí… ¡quizás!

Pues eso, que como no me venía la inspiración la busqué leyendo, y se hizo de madrugada, y recordé a Kawabata y reconocí que la noche,(¡pauvre fille!), también debilita mis propias barreras.

“Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. El codo de la muchacha, que yacía con el índice apoyado en los labios, le estorbaba. Le cogió la muñeca con el índice y el dedo mediano. Era tranquilo y regular. Su serena respiración era algo más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha, y los latidos de su pecho y el pulso de la muchacha le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.”

domingo 21 de febrero de 2010

Un sufrimiento leve

Foto gentileza de V. Tobenyas (en su blog)


Hace ya muchos años (suficientes como para releerlo, ahora que lo pienso), leí con estupefacción "La metamorfosis" de Kafka, y estos días pienso mucho en ese libro. Olvidados los detalles del argumento, queda la esencia: crecer... cambiar... desconcertarse ante el resultado.

Últimamente, aunque no lo parezca, noto esa desazón del cambio en mi interior y pienso que a lo mejor es sólo que detecto la proximidad de la primavera, pero bien podría ser que esa sensación de crisálida absorta ante un incierto futuro (de mariposa o de gusano, nunca se sabe), reflejase otra realidad: algo se acerca, que lo cambiará todo y ya nada volverá a ser igual.

Cuesta asimilar el crecimiento interior, que nos hace florecer, como contraposición al exterior, que nos conduce a la decrepitud, pero es así, sin más, y cuanto antes lo aceptemos mejor. No le pasa a todo el mundo, claro está, hay gente que decide (y logra) detener su corazón, porque el temor a lo desconocido les paraliza, pero me da a mí que no es mi caso... ;-)

Lo cierto es que, metamorfoseando y todo, el lunes me tomé, como siempre, la tarde libre y salí con los amigos. Llovía y la temprana noche invernal, junto con el vaho que empañaba las ventanas del autobús (yo, absorta en ensoñaciones varias, también colaboré), hizo que siguiese sentada mientras pasaba ante mis ojos la parada en la que debía bajarme. Algún resto de un desconocido y primitivo sistema de radar, me hizo notar el error relativamente pronto y sólo me salté dos paradas.

Pero lo que realmente deseaba explicaos, es que decidí deshacer el camino a pie y, cómo no llevaba paraguas, me mojé con una lluvia fina y fría, que caía suavemente, pero calaba hasta los huesos.

Y confirmé que es cierto eso que dicen de que un sufrimiento leve te hace sentir viva, porque, mientras se me empapaba la crisálida, yo no podía parar de sonreir... ¡feliz!

Que esta semana, la vida os depare experiencias prodigiosas, ¡hasta la vista, socios!

viernes 19 de febrero de 2010

... y el Mac se arregló... ¿solo?

Eso, amigos y amigas, bien merece un baile... :-)

domingo 14 de febrero de 2010

La blancura helada de la nieve



 Fuji-San de kla4067 en Flickr con licencia CC
Estaba (estoy) leyendo otra novela, pero el miércoles surgió un viaje en tren a Lleida y acababa de comprar algunos libros, así que decidí llevarme uno pequeño, con más pinta de relato corto que de otra cosa, que me había recomendado T. con entusiasmo. El caso es que metí en el bolso Nieve de Maxence Fermine, sin darle mayor importancia.
Lo leí del tirón… y lo he vuelto a leer al regresar a casa, ya más lentamente, saboreando lo allí escrito. Nieve merece dos lecturas; probablemente más.
No os contaré el argumento, pero aviso aquí que tampoco hay demasiado que contar. Apenas “pasan” cosas y las que pasan lo hacen de manera lenta y delicada, casi imperceptible. ¿Dónde radica su encanto entonces?, ¿por qué emociona hasta el punto de tener que releerlo inmediatamente después de acabado por primera vez?
Pues veréis, en mi opinión (que no tiene mayor aval que el haber leído bastante y tener una alta reactividad a la ternura), su valor reside en su aparente simplicidad. El argumento no distrae de la contemplación de la belleza literaria que contiene. Es cómo si el autor pintase, que no escribiese, las palabras... en una historia en la cual el protagonista intenta transformar su poesía en pintura. Un camino de ida y vuelta, como la mayoría de caminos vitales (aunque nos empeñemos en darles sólo un sentido, generalmente obligatorio).
Es un libro inclasificable, único. Habla de lo efímero y lo eterno, del deseo y del amor, del color y de la luz, pero sobre todo, habla de la sensación de plenitud que da ver la vida con los ojos del alma… y no tenerle miedo a interpretar lo que ves, aunque lo hagas de distinta forma que el resto del mundo.
Supongo que no hace falta que os diga que me ha encantado y que se lo recomiendo a todos aquellos que quieran descubrir el gran secreto: vivimos y morimos por cosas sencillas, conmovedoras… e inmensas. Si estáis preparados para aceptar ese hecho, corred a leer Nieve, si, por el contrario, no sentís vuestro ánimo presto a dejar entrar el aire, fresco y limpio, de un futuro que se alza ante nosotros como una montaña nevada, todavía por explorar… dejadlo para otro momento.
Leer mucho te enseña una cosa: hay un tiempo para cada libro. No lo forcéis… pero no olvidéis que, antes o después, uno debe enfrentarse a su vida e, irremediablemente, a la blancura helada de la nieve.

¡Feliz domingo, socios!

domingo 7 de febrero de 2010

Una mujer sola

Pompa. Ogeid66 en Flickr.


El lunes, junto a la cocktelería Boadas, ví a una mujer menuda, que arrastraba, encorbada, un carrito de la compra lleno de lo que, supuse, eran los restos de la batalla de su propia vida. Y digo que la ví y no que la miré, porque apenas le presté atención en ese momento (iba acompañada y charlaba distraída), pero su imagen se quedó grabada en mi retina y, por la noche, ya en casa, era la presencia más vívida de lo sucedido durante el día.

Una mujer sola. No deja de ser curioso: podría haber pensado “una mujer pobre”, o “una mujer anciana”, pero no, me sorprendí a mí misma asociando su imagen a ese sentimiento concreto: la soledad. Tal vez porque es un miedo recurrente. Quizás porque creo que es donde conducen todos los errores, quedarse sola al final del camino es el castigo máximo que puedo imaginar. Ni pobreza ni ancianidad me asustan, es ese deambular solitario el que me emociona cada vez que me tropiezo con gente desamparada.

No puedo imaginarme a mí misma sin el abrigo de la amistad, y sin embargo, soy de esas personas que reivindica ferozmente su propio espacio, su independencia, su individualidad, su capacidad para decidir sobre la propia vida sin atenerse a libros de estilo impuestos; soy de las que lucho por mis ratos de privacidad… y a veces dudo sobre si estoy corriendo demasiados riesgos y no lo acabaré pagando acabando así, paseando mi soledad por las calles… el pavor no de “vivir en”, sino de “ser” yo misma una isla.

Esa imagen, como ya he dicho, ha podido con otros recuerdos de ese día, como la conferencia sobre novela negra a la que asistí (envuelta en la humedad y el frío, innecesarios ambos, de La Capella… sólo faltaba un poco de niebla para rematar una ambientación “de topicazo”) y el exquisitamente decadente cocktel de después.

¡Venga! ¡más madera para el psicoanalista!... no, si al final voy a tener que ir… ;-)