Crecí con Michael Jackson y, aunque el viernes sólo acertase a colgar un vídeo suyo, sentí su muerte, porque a pesar de la decadencia, una siempre espera que los genios creen más durante más tiempo. Tal vez no hubiera sido así, tal vez Jacko se hubiera repetido a sí mismo, quizá su talento se agotó con su último disco, probablemente las lesiones que arrastraba no le hubiesen dejado ser, en el Arena de Londres, ni la mitad de lo que fue.
Ahora se descubre que no una, sino varias enfermedades lo rondaban, y se dulcifica la polémica de una acusación de la que sólo la justicia le declaró inocente, aunque se saca a relucir su infancia maltratada y su adolescencia inexistente, para justificar esa vida de Peter Pan que decidió vivir.
Seguramente nada de eso (y todo) es cierto. ¿Quién lo sabrá ya?. Pero el mito está servido, por una única razón, murió… y se irá al cielo de Elvis (que no es cualquier cielo) y de Sinatra (el grande que reconoció que Michael llegaba a más notas que él mismo).
Michael Jackson, rey del pop, no compondrá, cantará ni bailará más canciones, a partir de ahora será leyenda y su talento permanecerá inalterable para siempre.
Requiem in pace.
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